Jugar, vivir y amar en épocas de inmediatez, redes sociales y celular

La licenciada Debora Blanca reflexiona sobre este tiempo en que hasta las relaciones interpersonales más arraigadas parecen haber perdido sustento y profundidad.

18 de Marzo del 2019

Licenciada Débora Blanca

Por la Lic. Débora Blanca

Mediodía de miércoles. Subo al subte en la estación Bulnes. Va lleno. Como puedo me acerco a unos asientos para agarrarme mejor del pasamanos. Guardo mi celular, últimamente quiero estar más presente en las escenas que me ofrece la cotidianeidad. Me paro cerquita de una mamá con su hija de no más de 3 años, ellas van sentadas.

La niña a su vez lleva sentado a upa un muñeco, “su” osito. La mamá, sin celular a la vista, abre su cartera y saca un paquetito envuelto en papel de aluminio. Lo abre con movimientos de maga, y hace aparecer una porción de bizcochuelo. Le ofrece a su hija una porción, ella lo agarra con alegría. Le da un mordisco mirando a su oso, e inmediatamente le convida, acercando a la boca del peluche el preciado bocado.

La niña sonríe, feliz en su juego, y le pide más a su mamá, que vuelve a abrir el paquete de color aluminio para darle otra porción a la niña, diciéndole que “no tires miguitas”. La nena vuelve a ofrecer un bocado a su oso, recomendándole lo de las miguitas. Mientras mastica ese sabroso bizcochuelo, la niña levanta la vista y me descubre mirándola. Le sonrío, y la mamá lo hace luego conmigo. Todo transcurre sin celulares a la vistaFin.

La Lic. Débora Blanca plantea la necesidad de reflexionar acerca de las comunicaciones en la actualidad.

Una mamá, su hija, y la invitación a jugar. Hablo de juego y me produce una especie de nostalgia, conectándome con algo ¿perdido? Me vienen a la mente el celular, la computadora, la playstation, y demás objetos tecnológicos ofrecidos a los niños desde muy pequeños. Ya no se ven los bolsos grandes y pesados que cargábamos las mamás cuando salíamos con nuestros hijos de meses, donde llevábamos sonajeros, rompecabezas, libros, títeres. No, ahora son mochilas pequeñas porque con el celular es suficiente para calmar, entretener, distraer, acunar.

Se observa la misma escena en múltiples escenarios. El niño llora, se pone fastidioso, demandante e inmediatamente, nada por aquí nada por allá, silencio absoluto. La chanchita Peppa hace su aparición en la pantalla del celular y asunto resuelto. Intento no caer en la lógica del tango de “Todo tiempo pasado fue mejor”. De hecho estoy convencida de que no es así.

Sin embargo, frente a estas resoluciones propias de esta época, cargadas de inmediatez y vertiginosidad, me pregunto ¿qué pasa con el sentido del tacto cuando la pantalla reemplaza toda la diversidad de objetos con sus texturas y temperaturas? ¿Qué pasa con la ausencia del “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, canturreado por la mamá o el papá, seguido por el “otra vez, contámelo otra vez!” del niño? ¿Cómo se juega el juego, la ficción, la mirada armadora de historias entre el adulto y su hijo cuando la respuesta es el pasaje de posta a la pantalla, a lo bidimensional caracterizado por la sobresaturación de estímulos y el no-fin?

Cambió nuestro modo de vivir, y entonces, nuestro modo de comer, de jugar, de estudiar, de trabajar, de ser madre y padre, hijos de padres viejos. Muchos de estos cambios se asocian a la dimensión del tiempo: ya no lo hay. Hay que correr, reducir, ir al grano; en un mismo fragmento de tiempo le decimos algo a nuestro hijo y respondemos un WhatsApp, compramos en el super y chusmeamos Facebook, estamos sentados tomando un café con amigos y escribiéndoles a otros, enviando fotos o respondiendo a nuestra pareja dónde están las empanadas. Claro, y de repente llega diciembre, “otra vez las Fiestas, ¡cómo pasa el tiempo!”. Momento histórico que nos invita, casi imperativamente, a abrir muchas ventanas, muchas. Lo difícil está en abrir la puerta para ir a jugar…

Es nuestra responsabilidad subjetiva resistir poniendo pausas, espacios-tiempo para parar la pelota, pensar si vamos por el camino que nos habíamos propuesto de acuerdo a nuestro deseo, y seguir. Preguntarnos, preguntar…

Tiempo desbocado, bocas del tiempo según Eduardo Galeano, que dice “de tiempo somos. Somos sus pies y sus bocas. Los pies del tiempo caminan en nuestros pies. A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas. ¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas del tiempo cuentan el viaje.”


*  La Licenciada Débora Blanca es psicóloga y psicoanalista especializada en Ludopatía. M.N. 23.548. Directora de Lazos en juego.