La salud y la enfermedad en tiempos de consumo

Para El Café Diario

24 de Febrero del 2019

Corren (y nos corren) tiempos difíciles, comandados por la primacía del empuje al consumo. Estamos atravesados por cambios culturales espectaculares, con todo el peso de esta palabra; la inmediatez, las dificultades para definirnos y decidir, la intolerancia a la frustración, la oscilación permanente entre el éxito y el fracaso. “Y vos, ¿de qué lado estás?”.

Nos sentimos obligados a encontrar satisfacción en todo lo que hacemos, y además, rápido. Nada de esperar, de dar tiempo de cocción a lo que queremos. ¡Lo queremos ya! Porque, de otro modo, estaríamos fallando. Se trata de vivir enseguida haciéndose visible el contraste entre el desencanto y la monotonía de la gente con el optimismo tecnológico y científico. Fascinación autohipnótica de las imágenes y lo artificiosamente lúdico. Todo muy lleno de colores, sonidos, velocidad para brindar una ilusión de solución a personas deprimidas, ansiosas, aburridas, solas, desorientadas, con imposibilidad de comunicar y comunicarse.

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas y, en este punto, el siglo XXI comenzó a llenar nuestros consultorios de afecciones como depresión, trastornos de ansiedad, adicciones con sustancia (alcoholismo, tabaquismo, adicción a la cocaína, marihuana, pastillas). Y adicciones comportamentales (ludopatía, compras compulsivas, adicción a internet, a distintos dispositivos tecnológicos); trastornos de déficit de atención con hiperactividad, bipolaridad, ataques de pánico, trastornos de la alimentación, compulsiones, insomnio, abulia. Algunas de estas afecciones existieron siempre, pero no con la masividad actual.

Siguiendo al filósofo surcoreano Byung-Chul Haneste siglo reemplazó a la sociedad disciplinaria por la sociedad del rendimiento. La primera estaba regida por la negatividad encarnada en la prohibición, el “no se puede”“no se debe”, y era habitada por “sujetos de obediencia”. La sociedad del rendimiento, en cambio, está regida por la positividad del “se puede” sin límites, donde los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. Somos “sujetos de rendimiento”, dueños y soberanos de nosotros mismos, abandonados a la libre obligación de maximizar el rendimiento. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad, más bien hace que libertad y coacción coincidan en una sola figura, el propio sujeto.

El contexto y sus mandamientos se hacen texto en la salud y la enfermedad de la población: “Sólo hazlo”“Si querés, podés”“Nada es imposible”, rezan famosos slogans publicitarios. Las afecciones psíquicas actuales, pasando en tantísimas ocasiones al cuerpo, muestran esta libertad paradójica, desenmascarando el sometimiento sin cuestionamiento respecto del propio deseo.

Sabemos, de todos modos, que el afuera que nos configura culturalmente debe articularse con la historia de ese sujeto para que irrumpa en él una patología. Por ejemplo, no es suficiente la persistente invitación al juego si no se encuentra con alguien en un estado de vulnerabilidad que responda y arme una patologización del juego, o sea, una ludopatía.

Los avances científicos y la tecnología cambiaron nuestro acontecer cotidiano, facilitando lo que en otros tiempos estaba entre lo difícil y lo imposible, pero con el coletazo de hacernos creyentes en el “No fin”. Nada termina, todo tiene una continuidad, la infinitud es posible; sino pensemos en las redes sociales, en los dispositivos tecnológicos, la multiplicidad de pantallas que, cual espejos, configuran nuestra identidad. Cuando yo era chica la televisión tenía 5 canales, y la programación terminaba a las diez de la noche, con lo cual estaba obligada a ir a dormir, o leer, o fantasear. Sólo los vacíos promueven esto y, sin caer en la fatalidad de creer que todo tiempo pasado fue mejor, sí es vital volver a poner algunas palabras en un lugar importante, palabras que procuren lo genuino de cada uno de nosotros: todo no se puede, las cosas a veces no salen como querríamos y no es nuestra culpa. Fin, tiempo de espera, no, silencio, pérdida, miedo, angustia, no sé, pregunta, y así…

Las pantallas multiplicadas y el consumo indiscriminado son la nueva picadora de carne de ‘The Wall’ de Pink FloydLa inmediatez y los shocks de adrenalina en nuestras cabezas y cuerpos se convierten en un golpe a la construcción de la paciencia; un paso de la tolerancia a la frustración; un cachetazo a lo incierto y la necesidad de fantasear y, sobre todo, empujan a que el aburrimiento y la ansiedad sobrepasen umbrales tolerables y enfermen al sujeto, por ejemplo, de adicciones.

Es importante remarcar que estas patologías, a causa de su complejidad, de la negación sostenida por los mismos padecientes (ausencia de consciencia de enfermedad), por las graves consecuencias, etcétera, no se tratan de un modo ortodoxo. Son afecciones que requieren de profesionales de la salud creativos, persistentes, que trabajen en equipo, que no les cierren las puertas a los familiares del paciente sino más bien las abran. Cuando algo de la palabra está imposibilitado, roto, el entorno es fundamental para lograr algo del orden de la salud.

Estamos hablando de personas a las que les sucede, en mayor o menos medida, algo de lo que describe Javier Calamaro en su canción ‘Quitapenas’. “Ya me está pegando la ansiedad, me voy a seguir metiendo quitapenas para olvidar… Quiero arrancarme este dolor, necesito un quitapenas, para sacarme esta condena. ¿No ves que estoy todo roto esperando que me vengas a arreglar?”