ME PARIÓ UN VIAJE

Teorizando

15 de Enero del 2023

ME PARIÓ UN VIAJE

Hace sólo un par de días regresé de un viaje. Viaje al que aún no puedo definir con un sólo adjetivo porque, sea cual fuera el elegido, quedaría chiquito.
La primera vez que crucé el océano para conocer el Viejo continente tenía 28 años. Y cuando volví supe, con esa certeza que forma parte de la  familia del deseo, que ese viaje era el primer capítulo de lo que comenzaba a ser mi serie favorita.
De aquel viaje regresé luego de haber habitado cuadros que, hasta el momento, sólo había visto en libros.
De aquel viaje regresé curada de los mareos que me producían los subtes porque allí era el modo principal de desplazarme de un barrio a otro, de un museo a otro, así que tenía que poder.
De ese iniciador viaje volví habiendo descubierto que los ojos aguantan sin parpadear varios metros, al encontrarme a la Torre Eiffel detrás de una hilera de edificios.
Volví habiendo comido, entre risas, las 12 uvas con cada campanada del Año nuevo en la Plaza Mayor de Madrid.
Volví conmovida luego de ser atravesada por la inconmensurable belleza de Roma-Amor.
De aquel viaje regresé con las pupilas afectadas durante algunos días porque no podían parar de mostrarme una y otra vez, allí donde me encontrara, las fuentes y los mosaicos de los jardines de la Alhambra.
Ese viaje me parió. Aquel viaje fue de ida porque si bien volví, claro, el regreso fue anhelando, ya en el avión, un próximo posible destino por-venir.
Tengo que confesar que me sucede algo: nada me resulta más atrapante que caminar y caminar, y meterme en callecitas que desconozco adónde me llevarán (me sucede también en Buenos Aires).
Me pasa que nada me resulta más cautivante que la sorpresa, que descubrir rincones, historias, espejos (o algún pedazo) mientras escucho otros idiomas, mientras huelo condimentos que usaba la abuela en alguna comida, mientras  descubro una calle nombrada por Sabina en alguna canción, mientras me alcanza algún monumento que ví tantas veces en los libros de historia, o mientras saboreo un bocado típico frente al Bósforo, ese mar gaviotado de la novela turca.
Estoy convencida de que con cada viaje gestado uno es parido, y cada vez nace distinto. Y cada vez quiere más y más.
No importa adónde viaje uno. No importa el continente, el país, la provincia, el pueblo, el barrio. No importa si el viaje es a través de un avión, de un auto, de las páginas de un libro, de una obra de teatro, de una muestra de pintura, o bailando en el living de casa.
Hablo de viajes que nos paren, de esos que nos hacen nacer, de esos que no son posibles sin la capacidad de desear, de fantasear, de imaginar, de arriesgarse.
Los viajes que nos dan nacimiento no suceden sin la decisión de escribir el propio Librodestino.
Hay viajes que requieren dinero, sí. Hay viajes que requieren tiempo, también sí. Pero, la condición irrevocable para viajar, creo, tiene que ver con una disposición a ser sorprendido, a encontrar, a inventar, a desnudar el miedo a perder-se, el fantasma de terminar en un callejón sin salida.
Hablo de viajar, no de consumir viajes, cosa de catálogos de nuestra época.
"Dicen que viajando se fortalece el corazón, pues andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior... Creo que nadie puede dar una respuesta, ni decir qué puerta hay que tocar. Creo que a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida, sólo se trata vivir. Lalaralalala..."