Algunas reflexiones acerca del lugar del “juego”

Por Gabriela Barberis

20 de Octubre del 2016

El juego, en particular el de los niños, ha ocupado desde el inicio del psicoanálisis un lugar de importancia. Tanto por lo que a partir de su observación se ha teorizado, como por el lugar que ocupa - en particular - en el tratamiento con niños.

Pensemos en Freud junto a su nieto de año y medio en el famoso juego del carretel o “Fort Da”, al cual hace referencia en su libro “Más allá del principio del placer”; y su interpretación acerca de éste: la puesta en juego de la desaparición / aparición de la madre, y un modo de elaboración de una situación penosa para el niño (la ausencia de su madre), que le permite pasar de ocupar un lugar pasivo (ser dejado) a uno activo, en el que se hace dueño de la situación.

De aquí en adelante diversos autores han teorizado e incorporado al juego como estrategia y modo de abordaje en el tratamiento de niños y, ¿por qué no? de adultos (aunque en este último caso de una manera menos obvia).

Cuando abordamos la ludopatía la palabra “juego” se presenta inevitablemente. ¿Pero de qué tipo de juego estamos hablando?. Si en lo planteado anteriormente asociamos al juego con un modo de elaboración, y al dar un paso más podemos asociarlo con un acto creativo, con el concepto de sublimación; en el caso de la adicción al juego se trata de todo lo contrario.

Su función se desvirtúa: En lugar de un acto que libera, se convierte en un acto que encadena. En lugar de ser poco predecible y espontáneo y dar lugar a un movimiento posible, se vuelve repetitivo y tedioso. En lugar de estar ligado a lo placentero y divertido, se le aparece al sujeto como una imposición: No elige ir a jugar; no puede dejar de hacerlo.

El relato de una paciente ejemplifica de manera un tanto cruda lo desarrollado anteriormente:

“Cuando voy a jugar estoy contenta, pienso que voy a ganar, que voy a poder pagar todas las deudas. A veces salgo feliz, porque gané, porque pienso las cosas que voy a hacer con esa plata. Pero la mayoría de las veces termino angustiada y decepcionada, porque perdí. Cuando estoy jugando no puedo parar, internamente sé que sería lo mejor, que si sigo es para peor, pero no puedo. Me siento atrapada, ya no lo disfruto, es como una carga; pero no puedo. Siempre me pasa lo mismo. Y aunque venga acá no sé si el tratamiento va dar resultado, no puedo pensar mi vida sin el juego, no sé si soy capaz de dejarlo. A mi el juego me puede”

¿Se tratará entonces de dar lugar a este padecimiento intentando, si no en principio el corrimiento, al menos poner un signo de pregunta a esta aflicción?. Si un sujeto puede pasar, al menos en parte, del juego patológico a un poder “poner en juego” su problemática, al menos estaremos en el camino de una cura posible.