COMPULSIÓN A LOS JUEGOS DE AZAR

Por Agustin Dellepiane

15 de Diciembre del 2016

La compulsión a los juegos de azar es una solución fallida que encuentra un sujeto en alguna circunstancia de su vida. Me refiero a que busca una salida a los problemas que tiene, pero al final termina en un nuevo encierro. Intenta salir de una situación de sufrimiento y encuentra una modalidad de satisfacción, que trae otros sufrimientos.

Muchas veces me hice esta pregunta: Si, por un lado, la compulsión lleva a la destrucción… ¿cómo es posible que, por el otro, sea lo que da sentido a la vida de alguien?

La clínica y la teoría me hicieron llegar a distintas respuestas. La compulsión, además de ser una manifestación de la pulsión de muerte, tiene algo de vida: sentir el latido del corazón en ese pequeño intervalo que se produce en el giro de la bola de la ruleta, o la adrenalina al apretar el botón de la máquina tragamoneda.

La compulsión al juego se presenta como una posibilidad de satisfacción. No cualquiera, una satisfacción más allá del principio del placer.

Encontré una letra de una canción de VOX DEI (justamente llamada: “Compulsión”), que me dio una explicación muy interesante sobre el montaje de la compulsión:

“Compulsión de mi vida tan vacía

Que se va y no deja rastros

Igual que un pájaro de paso

Todos los días la rutina

Del trabajo sin sentido

Basta ya….por Dios no aguanto

Aunque sea por un rato

Quiero saber el momento

En que mi mente sea libre al fin.

Compulsión

No…nunca me abandones

Si te siento es que estoy vivo

Aunque vivo igual que un muerto

No me dejes de tu mano

Quiero hallar la luz para mi ciego andar

Compulsión

Vos me haces hervir la sangre

Al vivir cada minuto

La comedia de la vida

Todos los días la rutina

Del trabajo sin sentido

Basta…. ya por Dios no aguanto

Aunque sea por un rato

Compulsión sos mi esperanza

De que un día pueda al fin…nacer”.

Pienso que el que habla en esta canción dice que vive como un muerto porque está atrapado en el corto circuito compulsivo (en un goce autoerótico y autodestructivo), pero a su vez cuenta con una esperanza (y esta es nuestra apuesta), que nada más ni nada menos es la construcción de un circuito distinto, más satisfactorio, que propicie el armado de lo propio, un nacimiento subjetivo.